
Las ganas de querer, de abrazar y de besar las llevamos todos entrelazadas en la genética que nos clasifica, por eso somos quienes somos. Sería un verdadero desastre tomar la iniciativa y hacerlo de manera espontanea sin considerar las implicaciones que tales actos producirían en nuestra estructura social. Estamos acondicionados a vivir atemorizados; mejor dicho, aterrorizados de nuestros instintos naturales. Es como si al dejarnos llevar por nuestros reflejos ancestrales cometiéramos un acto de impunidad, algo que nos haría sentir culpable e impotentes. ¿Cómo permitir que la genética se apodere de nuestros sentidos y nos impulse a cometer actos sublimes como amar, besar y preocuparse por nuestros semejantes? Lo normal es que nos sintamos desnudos, expuestos y que los ojos del mundo nos flagelen, nos apedreen y nos subyuguen. Lo normal es que regresemos a la mediocridad, al reino del miedo, a la sombra de lo convencional.
No vamos por el mundo felices porque nos sentimos bien acompañados por la prole a la que pertenecemos, hace tiempo que dejamos de sonreír a los desconocidos y transitamos por las calles de nuestra ciudad con las esquinas de los labios apuntando hacia abajo en armonía con la desconfianza que nos provoca el que se cruza en nuestro camino. No somos muchos los que comienzan su trayectoria cotidiana diciendo: ¡Buenos días! Con una sonrisa radiante si nos encontramos con un desconocido en la panadería o en la parada del autobús.
Hoy recibí la llamada de un compañero de mi taller de literatura al que nunca califiqué como amigo cercano porque no me esforcé en intentarlo. Me llamó con la valentía de un ser extraterrestre para decirme que me quiere, que me extraña y que ya iba siendo la hora de tomar un café y conversar. Nos gusta escribir y esa cualidad nos une, nos gusta hablar y esa destreza nos abre puertas que de otra manera hubiesen quedado cerradas. Voy a abonar la tierra y sembrar amigos como éste para poblar mi vida y perder el miedo a los que aún me quedan por conocer, porque en verdad, no se puede desperdiciar el tiempo.
Qué fácil es engordar el ego con los defectos ajenos. No será el colesterol el que nos mande al otro mundo, nos iremos intoxicados por la envidia, la lujuria y el miedo. Nos iremos con las fisuras de los labios apuntando hacia abajo.
Marco Antonio
No vamos por el mundo felices porque nos sentimos bien acompañados por la prole a la que pertenecemos, hace tiempo que dejamos de sonreír a los desconocidos y transitamos por las calles de nuestra ciudad con las esquinas de los labios apuntando hacia abajo en armonía con la desconfianza que nos provoca el que se cruza en nuestro camino. No somos muchos los que comienzan su trayectoria cotidiana diciendo: ¡Buenos días! Con una sonrisa radiante si nos encontramos con un desconocido en la panadería o en la parada del autobús.
Hoy recibí la llamada de un compañero de mi taller de literatura al que nunca califiqué como amigo cercano porque no me esforcé en intentarlo. Me llamó con la valentía de un ser extraterrestre para decirme que me quiere, que me extraña y que ya iba siendo la hora de tomar un café y conversar. Nos gusta escribir y esa cualidad nos une, nos gusta hablar y esa destreza nos abre puertas que de otra manera hubiesen quedado cerradas. Voy a abonar la tierra y sembrar amigos como éste para poblar mi vida y perder el miedo a los que aún me quedan por conocer, porque en verdad, no se puede desperdiciar el tiempo.
Qué fácil es engordar el ego con los defectos ajenos. No será el colesterol el que nos mande al otro mundo, nos iremos intoxicados por la envidia, la lujuria y el miedo. Nos iremos con las fisuras de los labios apuntando hacia abajo.
Marco Antonio