
La tierra se estremeció y la vida dejó de sonreír, se vistió de luto y en un soplo de tiempo repartió la desgracia a todos por igual. El antes y un después en la mañana del día cuando los sueño dejaron de existir. Miles de almas se apagaron para siempre victimas del seísmo y de su apocalíptico acompañante; el tsunami que arrasó la provincia de Fukushima y transformó la geografía y la rutina de forjarse el futuro en toda una región del Japón.
Horas más tarde el resto del mundo lo presenció a todo color sintiendo la impotencia y la tristeza que embarga al espectador en su refugio de distancias. Se dice que estamos unidos por un ombligo universal, pero secretamente reconocemos nuestra incapacidad personal para compartir el dolor, la angustia y la desesperación colectiva que se produce cuando desaparecen los puntales de una sociedad, de una familia, de un modo de vida y sí, hasta cierto punto nos sentimos culpables porque no se nos desgarra el alma a pesar de las pérdidas personales que nunca llegan a ser nuestras.
Si fuéramos perfectos y si en realidad estuviésemos unidos más íntimamente y dependiéramos el uno de todos los otros para sobrevivir, éste sería un mundo feliz.
Marco Antonio Peña
Horas más tarde el resto del mundo lo presenció a todo color sintiendo la impotencia y la tristeza que embarga al espectador en su refugio de distancias. Se dice que estamos unidos por un ombligo universal, pero secretamente reconocemos nuestra incapacidad personal para compartir el dolor, la angustia y la desesperación colectiva que se produce cuando desaparecen los puntales de una sociedad, de una familia, de un modo de vida y sí, hasta cierto punto nos sentimos culpables porque no se nos desgarra el alma a pesar de las pérdidas personales que nunca llegan a ser nuestras.
Si fuéramos perfectos y si en realidad estuviésemos unidos más íntimamente y dependiéramos el uno de todos los otros para sobrevivir, éste sería un mundo feliz.
Marco Antonio Peña