LO QUE SIEMPRE HEMOS QUERIDO DECIR, PERO HASTA AHORA NUNCA NOS ATREVIMOS
lunes, 30 de junio de 2014
HOY VOY DE SU MANO
lunes, 23 de junio de 2014
EL DESAFÍO
¿Quién, en ocasiones, no se ha visto al borde del abismo cegado por la petulancia irrespetuosa de un egocéntrico ignorante que nos insulta con su verborrea o algo peor? Sabes que en el transcurso de nuestra existencia muchas veces e inconscientemente hemos llegado hasta los confines de la cordura rompiendo con todos los preceptos que nos protegen intentando desbordar esos códigos que delatan nuestro verdadero origen.
Abandonamos la prudencia y el tacto para poner a prueba los límites de esa barrera embrionaria, cuando bien sabemos que todo es parte de un proceso biológico de supervivencia y esa coraza orgánica es la barrera que nos provee de una apariencia civilizada aceptable ante la elaborada estructura de nuestra sociedad y así vamos prosperando del brazo de la vida. Aún no hemos acumulado suficiente energía negativa para atravesar lo que ha tomado a nuestra genética siglos de evolución para lograr avanzar hasta donde hemos llegado; un mundo aparentemente cuerdo y civilizado.
Nunca, pero nunca, admitiremos ante nuestros semejantes que somos conscientes del forúnculo interno que forma parte del milagro de la creación, esa bestia que desde un principio contenemos detrás de la barrera, el ente primitivo al que pudiésemos retroceder si la humanidad, tal como la conocemos dejara de existir. Si regresáramos a nuestros orígenes, como ya lo hemos decidido sin pensarlo demasiado, continuaríamos exterminando toda forma de vida a nuestro paso como lo hacemos ahora. Entonces sólo nos quedaría el instinto fundamental: El de la supervivencia. ¡Que ironía!
Marco Antonio
jueves, 12 de junio de 2014
MI AÑO OCHENTA
Un soplo del tiempo y el libro de la vida desdobla sus páginas a una impresionante velocidad. Sin saberlo te encuentras más allá de la fase descabellada de tus primaveras y de tus aventuras y entonces empiezas a sentir en la boca del estómago la escalofriante sensación de que pudieses estar viviendo tus últimos capítulos, el desenlace de la novela.
Por fin llegué a los 79 años el 13 de junio y lo primero que invade mi cerebro es la insensata preocupación de que mañana comienza mi primer día del año 80 en este planeta. ¿Qué queda por hacer? te preguntas, y como si estuvieses en la primera página del libro, te respondes que nada ha cambiado, que mil proyectos revolotean en tu cabeza y que aún construyes horizontes imaginarios repletos de ilusiones.
Estos años me han enseñado a reconocer los malos caminos y a elegir donde depositar la confianza y el amor. Leí en un libro que cada día es como un tesoro que hay que vivirlo intensamente llevando de la mano el deseo y la preocupación, uno para intentar ayudar a quien lo necesite, el otro para tener siempre presente que el esfuerzo puede convertirse en algo intangible e imponderable. Mira a tu alrededor, es un mundo donde la miasma se magnifica en extrañas formas, es un mundo donde la espiritualidad y la buena fe desaparecen como las miguitas de pan en un parque de palomas y aún así, sobrevivimos.
Para los que como yo llegaron a esta etapa sin tener una idea clara de cómo se evaporó tanta vida, les aseguro que aún nos queda suficiente tiempo para vivir la madurez con arrojo. Llevamos en nuestra genética armas secretas que se desarrollan según vamos tragando el polvo del camino, el valor para seguir adelante, porque siempre estará ahí, no importa lo abismal o la precario de nuestras circunstancias. La fe se renueva, tal como se cuece el pan de todas las mañanas, aunque los pájaros negros se coman hasta las últimas migas en el parque de las intrigas.
Tenemos la prosa , la poesía, la música y el milagro de la vida que se gesta en nuestro cuerpo para asegurar que continuamos persiguiendo esta visión y que nunca perdemos la esperanza. ¡Sí podemos cambiar el mundo y escribir un mejor final! ¡Sí podemos usar estos secretos sin miedo! Te prometo que con esfuerzo se proliferarán entre tus brazos abiertos y que el propósito de nuestra estancia, tanto para dar como para recibir sobrevivirá hasta que no quede pan que hornear o raíces que se marchiten sin nuestro amor.
Un beso.
Marco Antonio
viernes, 2 de mayo de 2014
TE SENTÍ AL PASAR...
Volamos traspasando fronteras imaginarias y creando mundos que satisfagan esa incapacidad que tarde o temprano nos delata: la necesidad de ser parte de todo. En nuestro interior sin dudas existe un vacío emocional que todo ser humano necesita llenar con las impresiones que nuestros cinco sentidos proporcionan con incansable constancia.
Te he percibido más de una vez cruzando mi espacio y siempre has dejado la esencia de tu ser como la estela que deja una estrella fugaz a su paso en busca de las piezas sueltas de su destino. Pero bien sabemos que tu misión como la mía es la de estrechar este universo, tener todos los mundos al alcance de la imaginación y vivir el espejismo que se manifiesta en nuestro solitario entorno a nuestro antojo. Es un artilugio que en esta etapa de la vida utilizamos para detener el tiempo y continuar aferrados a la cordura en un mundo donde la demencia nos va ganando la guerra.
Marco Antonio
lunes, 14 de abril de 2014
LAS PUERTAS DEL CIELO
Esta actitud sin precedentes que estamos viviendo pudiese ser parte del proceso cuyos síndromes, sospechamos, son cambios evolucionarios que fermentan en los intersticios de nuestro cerebro. Sí que hay razones poderosas para preocuparse y considerar decisiones, pero sin tener que recurrir al argumento espiritual de un precepto religioso tan ferviente y arraigado en todas las doctrinas como la vía de acceso al paraíso.
El incentivo para llevar la vida se está apagando, al parecer la competencia con su voraz apetito consume más de lo que la Naturaleza es capaz de producir para el bienestar y supervivencia de futuras generaciones. Los medios informativos ya no aterrorizan tanto con las noticias sobre la proliferación y el alcance de la violencia y el crimen. Estamos siendo inmunizados contra los efectos que producen los dolores del alma, es función del cerebro protegernos hasta el límite de sus capacidades aunque éstas nos conviertan en seres insensibles, o a falta de ello, en caso extremo, dejarnos decidir cómo terminar con nuestras propias vidas.
Ese oscuro camino que no conduce a ningún recodo espiritual es la vía que muchos jóvenes adoptan de acuerdo a las noticias y estadísticas que nos presentan los medios. Perder el incentivo para continuar la vida y reunir el valor y los argumentos necesarios para terminar con ella es un acto inverosímil al que no se le puede adjudicar un adjetivo. A veces los argumentos son aplastantes. El padre que opta por terminar la vida de su hijo que sufre de una enfermedad terminal y a la vez, en su desesperación, ciega la suya. Ancianos cuya calidad de vida traspasa los límites de la resistencia humana y añoran un final. Persona de todas las edades cuyos cerebros subdesarrollados no son capaces de defenderlos de las enfermedades que el destino les adjudica y sin saber el por qué, mueren mil muertes en vida, ignorados por una sociedad impía.
No sé como llegué hasta aquí, me trajo la rabia y la frustración de tanto caminar sin ser capaz de pintar un arcoíris. No he de borrar de mi mente la risa de tantos niños jugando en estos parques, aunque sé que el tiempo y las circunstancias las transformará en voces graves, muchas de ellas con tonos violentos. Habrá burlas y discursos ausentes de elementos puros. Será aún más difícil encontrar la verdad, la sinceridad y a una persona preocupada bajo tanto sol y tanta luna.
Marco Antonio
martes, 8 de abril de 2014
LA VIDA EN OTRAS PALABRAS
Vas paseando por la calle y descubres que en tu dirección se acerca una persona con la cual no deseas intercambiar banalidades. Pausas por un instante y te preguntas: ¿por qué reacciono así? Casi nunca tu subconsciente te respondería que es por su aspecto o por su olor corporal. Casi siempre, como un semáforo incandescente parpadeando su luz roja, la respuesta elegiría su verbo, sus palabra y su modo de expresarlas. pensarías que su pasarela, desde que la conoces, siempre estuvo minada de marionetas absurdas arrastrando conjeturas, comentarios despectivos y rumores infundados. Suficiente información como para cruzar la calle y desaparecer sin siquiera dedicarle una autocrítica visual a su indumentaria o al color azafrán de su cabello.
Todos deberíamos trabajar en un huerto interior donde cultivar las palabras. Un lugar junto a la cordura y la inteligencia que pudiésemos abonar constantemente con la nueva información de la que nos suplen las experiencias por el paso de la vida.
Cuida de tus palabras, de su formación, de su estilo, de su elegancia, de su tono y de la carga que les adjudicas cuando se desprenden de tu ser para formar parte de tu mundo exterior.
Marco Antonio
miércoles, 2 de abril de 2014
CUANDO LA VIDA TE LLUEVE
No actuamos con cordura cuando empieza a llover dentro de nuestra casa. Es difícil analizar el por qué de este fenómeno, particularmente si las respuestas que llenan los espacios húmedos van creando un sin sentido y entonces empezamos a pensar que estamos perdiendo el norte.
No todas las tragedias tocan a la puerta, algunas son como pústulas que van fermentando desde el interior sin que se les preste mucha atención, entonces en un día cualquiera comienza a llover dentro de tu casa y lo primero que se desfigura es la conducta habitual, comienzan los argumentos e improperios y todo se salpica de mierda hasta que finalmente el entorno se carga de electricidad estática; un preámbulo a la total incoherencia que nos lleva a las situaciones violentas de un callejón sin salida.
Todo esto fue prematuro para Rosa Altamirano, no era su tiempo para volverse loca. A los 78 años las razones clínicas no arrojaban suficientes datos para confirmar el proceso de desintegración que estaba ocurriendo en su cabeza. Comenzó lentamente, primero desplegando actitudes que no podían considerarse del todo normales, como el retirarse a dormir con toda su ropa de calle puesta, incluyendo los complementos y cartera para no tener que vestirse al levantarse, o preparar el desayuno la noche anterior y así ahorrarse el trabajo a la siguiente mañana. Al fallecer su esposo Gumersindo, estas anomalías se magnificaron, entonces comenzó a abrir la puerta a todo el que llegaba a su casa completamente desnuda, lavaba los platos para luego guardarlos en la basura y en varias ocasiones se fue de compras al supermercado en bata de casa.
Llegó el momento en que sus tres hijas se vieron forzadas a tomar cartas en el asunto y compartir la tarea de cuidar de ella. Decidieron que cada una la atendería por cuatro meses del año y así sucesivamente. Los primeros meses vivió con Belinda, la hija menor y su esposo Facundo. Como en todas las situaciones de este tipo, efectuaron los ajustes pertinentes para que la vida continuara su marcha cotidiana; entonces fue cuando comenzó a llover dentro de la casa.
Rosa no levantaba la tapa del inodoro y hacía las necesidades sin desprenderse de su atuendo. En cualquier ocasión podía perder sus dientes postizos, a veces los encontraban en la basura, otras en el fondo del wáter mezclados con los ingredientes fecales. No había Dios que removiera su dedo índice de sus fosas nasales o que llegara a tiempo para evitar que ingiriera su contenido.
Llegado el cuarto mes, Belinda y Facundo entregaron a Rosa dos días antes de la fecha acordada bajo el pretexto que el fontanero había comenzado obras para desatascar los dos baños que sin dar aviso se inundaban a la menor provocación, también la puerta de la lavadora que no se podía abrir porque la tómbola centrifugadora no paraba de dar vueltas, al parecer estaba bloqueada con zapatos y chanclas mojadas. El matrimonio se apresuró a excusarse y desaparecer en el momento en que la segunda hija, Carmela, tomó posesión de Rosa Altamirano sintiendo un profundo alivio pese al remordimiento que los agobiaba, pero así es la vida.
Carmela, tendría unos sesenta años y acababa de pasar por el proceso de un segundo divorcio. Se consideraba preparada para atender las necesidades de su madre y vaticinando los cambios que su presencia representaría, hizo arreglos para que una señora cuidara de ella durante el día, Carmela personalmente se ocuparía de Rosa durante la noche, todo, al parecer, estaba controlado. La primera noche Rosa cayó de la cama dos veces ya que Carmela no anticipó la necesidad de barandillas en la cama, también se orinó en varias ocasiones y como no le había puesto pañales nocturnos tuvo que levantarse, levantarla, asearla, vestirla, esta vez con pañales dobles, deshacer la cama, desinfestarla, reemplazar todas las sábanas, las mantas y buscar nuevas almohadas. Por fin logró dormirse al amanecer dándole gracias a Dios porque era sábado, su día libre. Una hora más tarde, creía estar soñando cuando sintió la conmoción en el baño, en tres zancadas cubrió la distancia al cuarto de baños y encontró a Rosa intentando limpiar la tapa del inodoro que nunca levantó para sentarse y estaba desbordada de excrementos. Pronto se dio cuenta de que Rosa no limpiaba, su intención era transportar los residuos corpóreos desde la tapa del wáter al lavamanos. Al concluir sus cuatro semanas Carmela no podía disimular su alivio, aunque se moría de vergüenza, todo aquello era una nueva experiencia para la cual no estaba preparada.
Nicolasa, la mayor de las hermanas, había cumplido sesenta y tres años. Era una mujer muy espiritual que nunca faltaba a la misa de las ocho. Su origen era algo confuso porque no llegó a conocer a su verdadero padre, nadie hablaba de él, ni tenían noción de su paradero. Sabía que su madre la había parido a los quince años rodeada de secretos y eso había sido antes de conocer a su esposo ya fallecido. Él no fue su padre, pero la aceptó y toleró todos esos años junto a sus dos hermanastras y nada más. Nicolasa estaba más preparada que las otras, sabía de sus experiencias y como ellas, acondicionó su entorno para resolver cualquier situación que pudiese presentarse de improviso.
El domingo Nicolasa llevó a su madre a la Iglesia. Durante la misa trató de hacer memoria cuando fue la última vez que su madre había entrado en una de ellas. No lo recordaba. Rosa, sentada a su lado permanecía inmóvil observándolo todo, el altar, las velas, las imágenes y en particular al sacerdote que presidía el servicio. En una ocasión cuando todos estaban sentados y el sacerdote levantó sus brazos para bendecir a la congregación, Rosa se incorporó de su asiento con increíble energía y a todo pulmón comenzó a gritar:
—¡Gervasio! ¡Gervasio! ¡Gervasio! ¡Perdóname marido mío!...
Con la agilidad de un gato montés saltó sobre los bancos y en un santiamén corrió hacia el púlpito y se aferró a la túnica del sacerdote. Nicolasa horrorizada fue tras ella pero la conmoción era tal que en un instante se vio rodeada de feligreses que bloqueaban su paso.
—¡Gervasio perdóname! ¡Yo no era más que una niña y él muy mayor y terriblemente guapo ... me robó el corazón!
Rosa en su estado histérico continuaba aferrada al sacerdote y tirando de su túnica prácticamente lo arrastraba dando tumbos por los escalones del pódium. El último tirón desgarró la túnica y el resto del atuendo. El cura se encontró totalmente desnudo frente a la congregación, con aquella mujer abrazada a sus escuálidas piernas intentando besarle las rodillas.
—!Santísimo Dios!—exclamó el sacerdote—¡mujer apártese de mí, deje que me cubra, esta es la casa del Señor! y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras trataba de soltarse de aquellos brazos que ahora le aprisionaban los muslos y aquella cabeza con la melena desaliñada que le golpeaba los testículos.
Rosa continuaba rogando por el perdón del sacerdote aferrada a sus rodillas, pensando que se encontraba ante su marido Gervasio el cuál había regresado buscando justicia por su temprana indiscreción y todos sus pecados. Finalmente el cura recobró su compostura y poniendo las dos manos sobre la cabeza de Rosa pronuncio:
—¡Yo te perdono!—le dijo en un tono misericordioso—has sido una buena esposa y una buena madre. ¡Dios te perdona!
Rosa levantó la cabeza, sus ojos anegados de lágrima y los brazos fuertemente abrazados alrededor de las rodillas desnudas del sacerdote le confesó:
—¡Fue tu hermano!, mi querido Gervasio. Yo era una niña y el demasiado fuerte ... y guapo. Después hicimos el amor cientos de veces, pero llegado el momento, no quiso reconocer a Nicolasa y yo lo maté una noche a orillas del rio. Me despedí de él y le corté el cuello con las tijeras de trasquilar a las ovejas. Fue la última vez que hicimos el amor, la corriente se lo llevo muy despacio hasta que finalmente desapareció por la boca de la cueva que se traga al rio hacia las entrañas de la tierra..
Nicolasa se había acercado lo suficiente para oír las últimas palabras de su madre, ahora sabía quién era su padre y su paradero final, entonces decidió que sólo ella cuidaría de su madre hasta el último día de su vida.
Marco Antonio






