LO QUE SIEMPRE HEMOS QUERIDO DECIR, PERO HASTA AHORA NUNCA NOS ATREVIMOS

viernes, 15 de abril de 2011

LOS HOMBRES TAMBIÉN LLORAN


He visto a un hombre llorar de sentimientos. Un hombre enamorado de las palabras, de la vida, de su familia y de los menos afortunados de este mundo. Lo vi llorar sin importarle que docenas de ojos le observaran de reojo incapaces de encontrar la valentía para abandonarse a la emoción del momento. Fue uno de esos breves instantes que te ofrece la vida para acercarte a los principios fundamentales de nuestra fibra y de nuestra humanidad. En un recóndito lugar donde al parecer el tiempo ha rehusado continuar su marcha, existe una pequeña capilla conocida como La Ermida de A Gorgosa construida con piedras de otros tiempos. En la claridad de aquella mañana las sombras bailaban sobre la tosca superficie de sus paredes creando contrastes en un juego imaginario que daba la impresión de movimiento y vida; como si las piedras quisieran hablar desde el silencio y contar el capítulo olvidado de aquella región de España. Éramos un grupo nutrido los que entramos en el santuario rodeado de los prados más verdes del norte de la península, a tres palmos de un pueblo llamado Portosín en las Rías Baixas de Galicia. Allí descansa una réplica de La Virgen del Carmen. Llegó a ése lugar por un camino de amor después de permanecer en el seno de una familia católica cuya devoción se ha mantenido inquebrantable por generaciones. Fue por casualidad y a petición de uno de sus miembros, que mi esposa en ésa primera visita, leyera lo expuesto en la reveladora carta enmarcada en un sencillo cuadro que colgaba junto a la Virgen. El texto expresaba los sentimientos de toda una familia y había sido escrito muchos años antes por uno de los once hermanos. Un ser especial poseedor de ese talento inmensurable que se manifiesta en algunos seres humanos y en otros, no. La bóveda que daba forma a la cúpula del recinto, transformó la voz de mi esposa proyectándola con tal solemnidad que imaginé que aquél legado a la memoria del padre, era mucho más. Estábamos escuchando la declaración del amor de toda una familia a un entrañable ser humano. Uno sólo lloró con las lágrimas vivas. El resto nos refugiamos en el duro silencio de la angustia compartida, de la pérdida y de la impotencia de no poder desandar caminos. Entonces todos rezamos con los ojos cerrados y los párpados humedecidos por el rocío de la tristeza.

Marco Antonio

viernes, 8 de abril de 2011

UN DUENDE BURLÓN


Despiertas y te sientas al borde de la cama a contemplar el espacio. Por un instante te desentiendes de todo lo que te rodea y te encuentras, sin pensar en ello, galopando a todo tropel en un recorrido demencial por los retazos de tu vida. Lo sucedido ayer te golpea las sienes y las respuestas que se desprendieron de tu boca regresan para sentarse en el cadalso donde se debate la duda bañada en recriminaciones. Tratas de desprenderte de las visiones por las que ya nada puedes hacer y entonces te acorrala la enormidad del presente, de lo que hoy está por suceder, de las decisiones que vas a tomar, las obligaciones y la carga de rutinas que cuando bien lo piensas no sabes exactamente como se han trepado a tus espaldas, pero lo han hecho y ahora estás dónde estás. Logras sacudir la cabeza e intentas incorporarte pero decides ponderar un poco más sobre el por qué de las cosas y todo lo que tuvo que acontecer para que esta mañana te encontrase sentada al borde de la cama. No es la primera vez que lo haces, ni será la última, vuelves a repasarlo todo, las decisiones que en un momento dado tomaste y aquellas que rechazaste y sin saber por qué; ahora te pesan. Te vuelves a preguntar cómo has llegado hasta aquí, pero bien sabes que las respuestas están fuera de tu alcance. Todos tus huesos crujen cuando por fin te levantas y arrastras tus chancletas hasta el baño. Allí te enfrentas al verdadero fantasma que nunca te abandona y que siempre está dispuesto a confesarte desde el otro lado del espejo. Empuñas el cepillo de dientes, se frunce tu rostro y descubres las nuevas arrugas que ayer no tenían razón alguna para joderte la vida pero hoy sí. Alguien dijo que lo único seguro era la muerte y estás de acuerdo. Porque la vida es un duende burlón que te persigue hasta el día en que ya no tengas la necesidad de sentarte al borde de tu cama.

Marco Antonio

lunes, 21 de marzo de 2011

LLEVO MI ALMA AL MAR



Comprenderás si te digo que en este camino a veces sentimos la necesidad de llevar el alma al mar para volar como gaviota y así nunca dejaremos de soñar. Soportamos tus discordancias como lluvia pasajera en espera de un tiempo mejor.
En ocasiones descubro que sustento una sensibilidad desnuda que lastima. El viento y las palabras la hieren, porque no siempre podemos disfrazar nuestra fragilidad y continuar el viaje. Esta necesidad de permanecer contigo hay que alimentarla con fantasías. Decirnos y creernos dignos es parte de ello; pensar que valemos para algo, es otra. La insensibilidad no es creíble porque aún hay restos de ti por conquistar y quizás sea yo quien descubra tu ancestral secreto y a la hora de despedirme llevaré en el alma la impresión de que al final, todo quedó realizado. Sé que hay una larga trayectoria en este inmenso mar, pero no importa, yo esperaré el regreso de la gaviota y con ella, mis sueños.

Marco Antonio

sábado, 19 de marzo de 2011

CUANDO SE PASA DEL "HAY QUE..." AL "YO TE..."




Toda una vida cohabitando sin apenas enterarte que la costumbre es un yugo que nos somete a lo cotidiano como algo natural. Piensas que lo que haces es lo normal y punto; no te planteas que pudiese haber otra alternativa.
Ella comenzaba todas sus frases con: "Hay que… hacer esto, hacer lo otro. Hay que arreglar la cisterna del váter, hay que sacar el perro a cagar, hay que cambiarle los pañales a la niña… Hay que… Hay que…". No tardé mucho en comprender y asimilar que "Hay que…" era su manera de decirme que había llegado la hora de los deberes, porque en verdad allí no había nadie más excepto ella y yo. Ahora que lo pienso con más claridad su estrategia era, sin duda alguna, una contundente solución para delegar sin tener que señalar al acusado. El efecto neurálgico a mi autoestima era devastador. El sentido de culpabilidad me consumía sin saber a ciencia cierta el por qué. "Hay que…" se convirtió en una condena a cadena perpetua.

Toda historia de amor tiene un final y esta terminó como el Rosario de la Aurora. Para escapar del trauma que siempre causa el abuso verbal, crucé el Océano Atlántico y me escondí en la Península. España me acogió con brazos abiertos y allí me refugié desorientado como siempre sucede con las almas en pena. En una ciudad del norte reconocí que el amor otra vez tocaba a mi puerta y no lo cuestioné.
Traté de incorporarme y antes de posar mis pies en la alfombra, ella ya me había calzado las zapatillas.
—Yo te las pongo—me dijo mirándome a los ojos.
—Gracias— le respondí.
En el baño busqué mi cepillo de dientes, pero lo encontré al borde del lavabo con la pasta de diente cuidadosamente administrada sobre la superficie de las cerdas.
—Yo te preparé el cepillo de dientes— se adelantó en decir antes de que yo pudiera pronunciar una palabra.
Terminé de ducharme y ella me extendió la toalla perfumada y tibia y al entrar en la habitación encontré sobre la cama, en riguroso orden y armonía todo el atuendo necesario para ese día.
—Yo te seleccioné la ropa, querido— explicó ella con la felicidad retratada en su rostro.
Me dirigí hacia la cocina, pero antes de que llegara al refrigerador, ella ya había sacado el zumo de arándanos, el hielo y el limón.
—Yo te lo sirvo—y su sonrisa iluminó mi vida.
Fui por mis herramientas para arreglar las bisagras
de la alacena, pero me di cuenta que ya estaban cambiadas y que todas las puertas funcionaban a las mil maravillas.
—Yo te evité ese trabajo amor mío— me dijo casi en un susurro inclinando la cabeza.
Después de diez años sintiéndome inútil e incapaz de anticipar una sola tarea por insignificante que fuera, comencé a perder la confianza, la autoestima y las ganas de aplicar mis conocimientos en los quehaceres domésticos, ni siquiera conducía el coche y nunca le vi el culo al perro porque no confraternizábamos fuera de la casa.
Hay que pensárselo bien cuando uno se pasa del "Hay que…" al "Yo te…"


Marco Antonio

viernes, 14 de enero de 2011

AGAPICIDIO


Llevo en el alma el miedo de una amiga. Una mujer de libros, de poesía, de pasiones extremas cuya vida es un milagro más.
Hace algún tiempo escribió una pequeña joya titulada: “Ese ojo que me mira”- Este libro fue publicado por la editorial de la Universidad de Puerto Rico. Ella se llama Loreina Santos Silva. Mi maestra. Una de mis almas gemelas.
Un fragmento de su libro:

AGAPICIDIO # 1
(Licencia de escritor: suicidio)

“Madre, ese ojo que te mira, te ve la muerte en la pupila. Te ve la muerte, hija de la noche, hermana del sueño, regocijada en la vendimia. Ese ojo te ve la muerte, uñas asesinas en el azogue transparente de tus ojos, viajera con regreso, en eternas despedidas. Tú la ves, guadaña inequívoca que se acerca para el corte, para el cambio, para la irremediable salida… Ese ojo que te mira sabe que vas a morir. Por eso abandonaste a Garmendía, una esperanza perdida. Estamos en la casa de La Aldea. Sabes que el abuelo no quiere a tus hijos ni en los estrechos predios de la cocina. Por eso a la hora misteriosa entre la noche y el día cuando los rayos entre naranja y achiote empiezan a filtrarse por las ramas negrecidas, en puntillas, abandonas el lecho, me tomas de la mano, me llevas a las millas por la cuesta del río hasta la calzada que entorpece la corriente enfurecida. Este ojo que me mira, me ve de unos cuatro y medio, pequeña, desvalida, saltando como garza, no puedo nivelarme con tu prisa. No ves a nadie, no saludas. Pilar, la tabacalera, en su ventanita miserable. Pilar, Pilarcita, flaca, arrugada, chiquita te dice adiós, la mano se le descabrita. No la ves, no la miras. Vas demente. En el delirio de tu fiebre hay una idea fija. Te tragas la cuesta, no tropiezas ni siquiera en la calzada que te lleva al hondo charco homicida. Pilar te lee la idea, nos sigue muy de cerca, sigilosa, tranquila. Me le quedo mirando, me retraso, mis ojos se agarran fuertemente a sus pupilas. Tú me arrastras hacia abajo, mi cuerpo se va hacia arriba. Pilar detrás de nosotras, descalza, de prisa, perseverante, decidida. Llevo túnica blanca de las que me ponen en verano para combatir la sofocante brisa. Me esfuerzo por ir a la par de tus pasos, brinco, salto, me rezago. Pilar ha visto el esqueleto rosa con su lengua de vidrio estirada y agresiva a tus espaldas y a las mías. Me lame las costillas. Pilar nos sigue a una distancia atrevida, salta las piedras de la calzada, ve cuando tú, madre, me sumerges en el charco. Pilar grita, se tira al agua, me devuelve en sus nervudos brazos a la orilla, pide auxilio armando tremenda gritería. Madre, a ti también te salvan la vida. Nadie sabe que no te importa ni la tuya ni la mía. Nadie sabe que el abuelo no nos quiere ni en los estrechos predios de la cocina. Te lo ha dicho, no recuerdo si con uno o más carajos. Tú sufres en forma innombrada el desprecio de tu semilla. Me prefieres muerta a niña vituperada, mal querida. Nadie puede llamarte homicida, sólo agapicida. Por amor quieres llevarme contigo a las arcanas maravillas…”

Dra. Loreina Santos Silva, Puerto Rico.

domingo, 2 de enero de 2011

BESAME LOS OJOS



Si alguna vez te han besado los ojos, sabrás lo difícil que es olvidarlo. Aquél que lo hizo sabía que tus labios no eran suficientes, porque ciertas emociones sólo tus ojos son capaces de entender. La ternura nació en un camino de besos para ser conducida hasta la puerta del alma. Es la llave que abre las compuertas para liberar los secretos que duermen la espera. No hay lugares perdidos para un beso que se posa en tus párpados, ni corazones insensibles al amor.
No dejes que el año que acaba de nacer se alargue o se encorve con el peso de la rutina de vivir compromisos. Acércate al que amas, a los que te aman y bésales los ojos. Deja entonces que el silencio te responda en el reflejo de sus pupilas y en la maravillosa expresión de sus rostros. Entonces escribe lo que ves.


Marco Antonio

viernes, 31 de diciembre de 2010

CUANDO EL AMOR SE AUSENTA




Cuántas veces las circunstancias de la vida provocaron ese vacío emocional que siempre queda cuando se ausenta el amor. Como quizás les ocurre a los arboles en invierno cuando sus hojas se marchitan, se desprenden y se pierden en el tiempo. ¿Me pregunto si sentirán el dolor del abandono o si quedará en ellos alguna señal de la angustia y el desamor? Posiblemente no, porque el enajenamiento es propiedad nuestra, es una manera de morir, pero no del todo. Cuando en el campanario del corazón dejan de tañer las campanas, quedan los puñales del recuerdo y en la caja de Pandora nos aguarda la determinación para volver a llenar ése vacío emocional con nuestra capacidad para amar y amar otra vez.
Entonces, en algún recodo de nuestra existencia nos cegará una luz y se detendrá el tiempo y ese amor que siempre ha estado ahí esperando su momento, inundará todos los espacios, todos los vacíos y como la miel que se escurre sobre la corteza de ciertos arboles nos sanará las heridas. La vida volverá a permitirnos ejercer el sentido de pertenencia, amaremos sin prejuicios y nos dejaremos amar sin que nos consuma la duda y el temor.

Marco Antonio