LO QUE SIEMPRE HEMOS QUERIDO DECIR, PERO HASTA AHORA NUNCA NOS ATREVIMOS

jueves, 2 de diciembre de 2010

QUIERO CREER EN TÍ




Hoy cayeron los primeros copos de nieve en Oviedo y los que golpearon en mi ventana se convirtieron en lágrimas; entonces pensé en ti. Siempre has estado ahí, pero no siempre has compartido la soledad ni la tristeza que tan mal repartidas van por el mundo. Si pudiera descubrir tus secretos, sabría cómo llevarte mejor y cómo burlar tu crueldad. Sin lugar a dudas, repartiría con ecuanimidad la riqueza y la buenaventura que tan malamente vas dispensando al demoledor paso conque disuelves las horas, los días y los años.
¿Por qué no se puede respirar la felicidad, ni la serenidad encuentra alojamiento dentro de nuestras almas? Todos quisiéramos comprender mejor las desgracias que nos adjudicas. Si verdaderamente somos la única razón y tú el único camino, entonces careces de sensibilidad y eres imperfecta. Aún así, quiero amarte, es necesario, si no: ¿Cuál es el propósito de esta aventura?
Convierte éstas lágrimas que ahora ruedan por el cristal de mi ventana en estrellitas de luz y en esperanzas. Déjame continuar siendo parte del milagro que puebla nuestro universo y haz que en mi corazón germine la fe; sí, la fe que necesito para creer en ti, pero para creer ciegamente. Así nunca más me enfermará la duda y aquellos que me rodean me harán digno de esta comunión entre los seres de buena voluntad.

Marco Antonio

viernes, 26 de noviembre de 2010

LA MADRE DEL TIEMPO



Quiero escribirle a la madre del tiempo
para que mis palabras abrasen sus pupilas,
las tuyas y las mías, las de todos los otros
que ciegos de envidia marcharon a otra vida.
Confesaré los miedos que manchan mis espejos
y el pesar de saber que me arrastro en su aliento,
preguntaré por las horas perdidas en las sombras,
las que trajeron luz; a vuelta de inocencias.
Será una comunión de largas moralejas,
es mi carta de amor a una madre ramera
que a su paso despoja, desangra y desvalija,
sin prometer mañanas y sin menguar distancias.
Sólo me queda alma para surcar tu rumbo
y entregar esta carta ya marchita la rabia.
En la espera final no me queda la duda
que llegarás a tiempo, para morir conmigo.


Marco Antonio

miércoles, 24 de noviembre de 2010

HACE UN MANOJO DE AÑOS...


-No es fácil cumplir sesenta años -dije llenándome la boca con una sonrisa desbordante, como si apenas me importara, o como si lo hubiera dicho de compromiso.
El hombre me miró comprensivo, con una alegría rara bailándole en los ojos y enseguida me arrepentí de lanzar así nomás una frase que podía ser desafortunada: era obvio que él había traspasado esa frontera y también otras, pero... si quería saber de mí, si se consideraba apto para rastrear y encontrar con su estudio grafológico y su test seudocientífico las causas de mi neuralgia, se lo tenía que aguantar.

El caso es que me importa, y mucho. Lo digo en el papel, se lo digo al papel confiándole el asunto, aunque desde el último domingo, día en que inexorablemente metí adentro de mi vida las seis décadas, desde el momento mismo en que entré al dormitorio de mi madre y le di un abrazo apretadísimo felicitándola (tengo por regla felicitar siempre a la parturienta), algo como un triste alivio se asentó sobre mis alas, esas de volar sobre realidades y fantasías y que siempre están allí, de a ratos más raídas, de a ratos vigorosas como en los días de su estreno.

Ya tengo sesenta años. Ya he cruzado el puente y los tiempos de la plenitud han quedado del otro lado. Desde aquí los veo y les sonrío: siguen siendo míos aunque no estoy en ellos. Es otro el territorio en el que ahora habito, un territorio desapoderado de mediodías y de ambiciones,

No estoy triste. He cruzado. Todo parece igual y todo es diferente. No sólo la neuralgia, eh? Las cervicales empiezan a cobrar algún tributo y el chocolate no sólo engorda sino que trae colesterol. Y hasta versar me sale con un aroma a uvas venerables.

Hay cosas que ya no serán y casi no duele. Hay cosas que fueron y aún llevo en mí su fragancia inagotable. Vendrán otras necesarias, aunque ásperas. Y también quedan por lograr algunas gratitudes.

A caminar, entonces. Que la vida espera. Y ya tiene su carta. La mía.

Rafaela Pinto

martes, 23 de noviembre de 2010

MI CARTA


CARTA A LA VIDA V

Le temblaban las manos, apenas podía sostener el lápiz y su confusión era tal, que ya no podía distinguir si la causa era el Parkinson o el peso de los noventa años que acababa de cumplir. Toda una vida para recordar y sin embargo le había llegado el momento en que las imágenes no florecían con los colores de entonces, ni las épocas más preciadas marchaban una detrás de la otra para recordarlas en secuencias. Los rostros se confundían, las lágrimas no tenían sentido y las sonrisas, menos. No sabía si le importaba demasiado porque en este mundo no quedaba nadie con quien compartirlas.

Solo y olvidado, sentado en una silla de ruedas, miraba a través del ventanal en una esquina del salón de la residencia, sin ver nada. Le pareció que la vida ya no tenía sentido o quizás nunca lo tuvo. Se acercó lo más posible a la mesa y a duras penas apoyó el lápiz sobre el papel en blanco intentando escribir una carta, pero el resultado fue una serie de garabatos que sólo con esfuerzo e imaginación se podían leer. Comenzó con el título: Carta a la vida.

No es verdad todo lo que pienso, la fibra que me sostiene y el corazón que aún se esfuerza por latir me reclaman el derecho a sentarse a la mesa para debatir con la melancolía y el desasosiego. Es verdad que no lo recuerdo todo, pero sé, porque así lo intuyo, que algo tengo que agradecerle a la vida y gracias le doy por ser mi última compañera en este largo peregrinaje. Tengo razones inseguras que me hacen sospechar que alguna vez fui bueno, también malo y que otras veces dejé que pasaras sin levantar una mano para cambiar tu curso. Quiero creerme que el daño que causara en otros el egoísmo de mi autodeterminación no fuera irreparable y que mi remordimiento, aunque no sepa el por qué, sea genuino. Nunca podré borrar la sensación de ternura que dejan los besos que ya no tienen dueño, ni las visiones felices que aún oscilan en mi aura.
Sé que de ti, nadie se despide. Marchamos y eso es todo, pero al hacerlo, te dejaré el último aliento de mi cuerpo, la última sonrisa y la esperanza de que tu recorrido sea el espejo que refleja lo infinito que es el universo.


Marco Antonio

jueves, 4 de noviembre de 2010

APRENDIENDO A VIVIR EN SOLEDAD



Aprendiendo a vivir en soledad

Mi muy querida amiga
(....) , me muero Carricita, pero no estoy triste, pronto me reuniré con Dios. Tú tampoco lo estés. ( ....) Ama a Dios. Se feliz. Te quiero mucho.

Un grito animal salió de mi garganta.

- ¡¡Nooo!! No, no ,no, no es verdad.

Seguí gritando y empecé a sacudir la pantalla del ordenador, como si así esas palabras que me quemaban las entrañas pudieran desaparecer.

Volví a leer su carta como pude, pues las lágrimas apenas me lo permitían, quería cerciorarme de que su carta era real.

Me muero...mientes. No es verdad. No, no es verdad.
Se feliz...qué ironía. ¿Acaso se puede ser feliz sin amor? ¿Se puede ser feliz viviendo en penumbra?
Ama a Dios...¿cómo puedo amar a un ser que me quita mi vida?

Apagué el ordenador y empecé a deambular por la casa. No podía respirar, me asfixiaba. Todo me daba vueltas.
Necesitaba salir de ahí, escapar. Huir de ese dolor que me estaba matando. Huir de la soledad que amenazaba con envolver mi alma.

Cogí las llaves del coche.
Conducir, sentir la velocidad, escapar.
En cuanto salí del pueblo pisé el acelerador con rabia, 60...80....120, el límite era de 40 pero no me importaba, el coche volaba.

¡¡Piiiii!! el sonido estridente del pito de un coche contra el que iba a chocar, despertó mi sentido de supervivencia. Volví a mi carril y frené como pude.
Me eché a llorar sobre el volante. Si él me viera, él que amaba tanto la vida, me despreciaría por ser tan cobarde.

Se feliz, sus palabras resonaron en mi cerebro. Sólo conocía una manera de intentar ser feliz sin él.
Regresé a casa, encendí el ordenador y escribí:

Aprendiendo a vivir en soledad

Capítulo1.- Carta de despedida

Mi muy querida amiga.....


Natalia

martes, 2 de noviembre de 2010

ESCRITA CON LA TINTA DEL DOLOR


Veía el dolor reflejado en sus ojos cuando nos invitó a sentarnos, y me estremecí.

Ellos no eran dioses.
Habían hecho lo imposible. La niña había luchado, pero...la naturaleza impone sus propias reglas, y...no podía ser.

No me la llevaría a casa, no conocería a sus hermanos, no la vería sonreir...

Ya lo ponía el cartel de la entrada: está prohibido soñar.

Viana

miércoles, 27 de octubre de 2010

EL LADRÓN



EL TIEMPO


Siempre me quedo con la sensación de que en su vertiginoso paso, el tiempo me arrebata las experiencias vividas. Nunca alcanzo a esconderlas como testimonios a la razón de por qué existo. Es como un ladrón que nos va desgarrando las tripas. Su marcha inexorable deshilvana las hebras del futuro y con el parpadear de las horas, fibra a fibra desaparecemos arrastrados por las aspas de su magnifico reloj. A veces quedan los retazos entrañables de lo mal vivido conservado en la hiel amarga de la memoria.

Sabrás que los sentidos aborrecen en silencio el transcurso del tiempo. Lo aborrecen desesperadamente, no sólo porque es un ladrón, sino también por ser causante y cómplice del nunca jamás. El instante vivido se escapa antes de que te enteres de sus consecuencias. El ahora no es una realidad hasta que el tiempo te permita examinar sus irreversibles consecuencias; para entonces ya forma parte de tu pasado. Somos supervivientes del instante para vivir otro mañana sin entender si hemos asimilado del todo lo que pasó ayer.

Mis sentidos me dicen que existo porque la lluvia se desprende, me toca y descubro un cielo azul de alas azotando el espacio que se pierde tras los bordes de mis ojos. Entonces desde las profundidades de mis pulmones un olor a hierba húmeda me habla verde. Creo saber lo que soy, aunque el tiempo esté disolviendo mi presencia entre las aspas de ese reloj. Lo dado por lo vivido, pero en el contexto de tiempo, eso es todo lo que somos – ¿O no?


Marco Antonio