LO QUE SIEMPRE HEMOS QUERIDO DECIR, PERO HASTA AHORA NUNCA NOS ATREVIMOS

miércoles, 17 de abril de 2013

martes, 9 de abril de 2013

TE MORIRÁS PRIMERO

Te morirás primero, ya lo sé.
No creas que me importa.
Me vestiré de gala,
con los tacones altos miraré las estrellas
y andaré por las plazas como si fuera fiesta.
Ya verás,
cuando te mueras
irán nuestros amigos al entierro.
Habrá ramos, ofrendas,
un latido de pájaro golpeará las ventanas
y el altar se hará añicos durante el ofertorio.
Yo me pondré las gafas de no querer mirarte,
las de mirar el mar y verlo a mi manera.
Escucharé tus versos,
aquellos que escribiste antes de yo leerlos,
seguiré las estatuas
y me vendrá tu llanto y el amor que no tuve.
¿Te imaginas, amor?,
tú allí, muerto, tan solemne y tan quieto,
y yo un bullir de rosas en los bancos del fondo.
Yo, de rojo vestida, trenzas negras mi pelo
y las manos muy blancas acariciando espejos
por donde te has mirado.
Sin una sola lágrima.
Oculta por la pena que siempre fuera mía.
Pensando en tus caricias
y el júbilo perfecto de una siesta de sol
que nunca llegaría.
¿Te imaginas, amor?
Tus nietos, tus parientes,
y en el último asiento una hermosa muchacha
iluminado el arco de sus blancas axilas
por la luz de tus ojos.
Vendrán los oradores y hablarán de tu ingenio,
de tus muecas feroces,
de las horas amables en que ocupabas sitios,
lugares acordados.
Hablarán de tus gestos, de tu bufanda oscura,
del inconstante deleite de tu boca,
del mar que te ocupaba los momentos felices.
Llorarán los acólitos, las vírgenes de plomo,
los ángeles de cera.
Y nunca sabrá nadie que me he muerto contigo.

Elsa López

lunes, 25 de febrero de 2013

UNO DE ESOS RECUERDOS...

El aire de este día de invierno me sabe a frambuesas. Quizás sea el recuerdo de otros tiempos cuando mis pantalones se sujetaban con botones a la camisa y mi madre siempre llevaba un pañuelo sujeto a la manga de la blusa para soplarme los mocos. Entonces la brisa del mes de enero cubano, en mis recuerdos, era gélido.

En el camino a casa de la tía, mamá siempre me compraba un pirulí de frambuesa, sólo costaba un kilo (un centavo americano), pero para ella eso era una fortuna, para mí, un capricho. Caminábamos aquél largo trecho todas las tardes hasta la calle Revillagigedo en el barrio Jesús María porque en esos tiempos, la casa de la tía era el único lugar donde tenían algo que comer y no les importaba que fuéramos dos o seis. Mi madre y yo, mi tía Nicolasa, mis tres primos y la perra. No sé de dónde salía la comida pero siempre había un plato de harina de maíz o algo de arroz con frijoles negros.

Eran tiempos cubanos cuando la familia estaba unida como uña y carne, nada parecía amedrentarlos y nosotros a los tres o cuatro años de edad, casi nunca nos enterábamos del drama. Pero aquello ahora es como un sueño que yo me he inventado y que se me viene a la cabeza en los días de ventolera con olor a frambuesas.

El largo drama de vivir la vida se ha llevado a las tías y a mi madre. Aún quedan los primos, algo encorvados por el peso de los recuerdos, de los triunfos y de las derrotas que tocaron a sus puertas. Somos extranjeros en las tierras que pisamos y en el silencio de lo que nunca hablamos. Siempre nos une un amor entrañable y un sentido de pertenencia inquebrantable. Somos supervivientes del tiempo de los tranvías, de cucuruchos de maní, del caballero de París y el Paseo del Prado. Ha pasado un siglo desde que las tías comenzaron a arañar la vida en su pequeño pueblo de Limonar y este es mi homenaje a la fibra de esas mujeres, como a las de muchas otras que dibujaron sueños para las siguientes generaciones.

Marco Antonio

martes, 19 de febrero de 2013

EL VERANO DE TU ESTANCIA...



Hay tardes en que el día parece no querer cerrar los ojos. Pienso que la felicidad es así y que nada tiene que ver con la perseverante marcha de las horas, que en verdad el tiempo sólo transcurre cuando algo está por terminar, cuando el vacío suplanta la sensación de pertenencia o cuando la soledad inicia su triste e interminable danza en nuestras vidas y todo se apaga.

La felicidad existe en un mundo virtual donde lo que sentimos no se ve ni se palpa, pero se sabe porque duele a la vez que nos transporta en un trance sublime, tan poderoso que desafía las leyes de la naturaleza. Entonces el tiempo deja de existir para nosotros y nuestra razón de ser es simple: amar aquél que nos nutre con su cariño, su preocupación por nuestro bienestar, su lealtad y su devoción.

Si vives en el amor del que vive en el tuyo, el tiempo será inconmensurable como también los días y las horas. Nada conformará con las leyes de la naturaleza y el mundo a tu alrededor parecerá distanciarse del interior de tu sustancia.

Quisiera cerrar los ojos cuando me acosa la angustia y no dejarla penetrar por mis oídos, pero ya he descubierto que por cada espacio dulce, hay uno amargo y que nuestra capacidad para entregarnos al amor y la ternura está condicionada por las experiencias que provocan el trauma y la inseguridad que siempre está al acecho.

Prefiero esperar con los ojos abiertos esos atardeceres cuando la luz se prolonga para comportarse como un amor sin sentido ignorando la existencia del tiempo o la de un último beso y la de un último abrazo.

Marco Antonio

domingo, 3 de febrero de 2013

PODRÍAMOS CAMBIAR EL MUNDO...

Pensé que podríamos cambiar el mundo si intentáramos despojarnos del disfraz que llevamos sobre lo que somos. Si no dejáramos que pasara otro día sin romper la rutina que nos moldea y nos convierte en seres mecánicos incapaces de sorprender a nadie con una acción inesperada.

¡Qué maravilloso pensamiento! Me ha calado tan profundamente que he decidido ser el primero (y quizás el único) en intentarlo. Comenzaré por lavarme los dientes con la mano derecha aunque toda la vida lo haya hecho con la izquierda, me peinaré el cabello hacia el lado opuesto de lo acostumbrado y si para entonces me he llenado de valor, me afeitaré este bigote que llevo bajo mi nariz por más de cuarenta años. Voy a tomar té en vez de chocolate y una tostada en lugar del bizcocho de manzana que consumo todas las mañanas.

Tengo un vecino que pasa por mi lado e ignora mi existencia mirando hacia la otra acera o intenta adivinar si va a llover contemplando el cielo aún cuando la intensidad del sol lo aniquila forzándole a hacer muecas de disgusto. Yo también lo ignoro, pero esta mañana me plantaré frente a él y le extenderé la mano con mi mejor sonrisa y le preguntaré por su salud, la de su esposa y la del perro.

Voy a caminar hasta el centro de la ciudad en vez de coger el autobús y cederé mi asiento cuantas veces sea necesario, no sólo a los ancianos, sino también lo haré con las mujeres y los niños. Procuraré llevar una sonrisa aunque sujete el paraguas abierto para protegerme de la lluvia y del azote el viento. Pensaré que pronto llegará el verano y que todos nos iremos al Mediterráneo. Cuando me siente con las amistades a tomar el café de las diez de la mañana, otra vez repetiré el té y dispensaré del croissant y las galletas. No comenzaré a leer el periódico por las esquelas ni le daré importancia al temblor de las manos de mi amigo, el que derrama el café sobre la mesa, ni a la amiga que remueve sus dientes postizos cuando se le atascan de galletas. Ignoraré la fuga de flatulencias y eructos de los cuales yo también soy contribuyente y no olvidaré de comentar lo atractivas y elegantes que se ven las señoras. En el ambulatorio, mientras espero a que el médico me atienda entablaré conversaciones amenas y alegres, no tocaré el tema de las enfermedades que me acontecen y animaré a los demás a intentar hacer lo mismo.

Creo que es tiempo de que me envuelva en algún proyecto social y comparta mis experiencias con los más jóvenes, eso incluye algún desarbolado, uno de esos chicos difíciles que todo el mundo rechaza por su carácter indómito. Yo no lo haré. Voy a esforzarme por escuchar más y hablar menos e intentaré respetar el criterio de los demás aunque a veces me parezca rocambolesco. No ignoraré el esfuerzo de otros que intentan ser creativos y me convertiré en conspirador compartiendo sus ideas y sus sueños. Sí, pienso que juntos podríamos cambiar el mundo.

Podríamos despertar lo mejor dentro de nosotros y comenzar a caminar con diferentes propósitos que nos hagan sentir mejores personas y que esa satisfacción se refleje en el espejo del lavabo, sí, es importánte que nos quedemos a gusto con esa imagen cuando nos devuelva la mirada, sólo porque hemos decidido hacerlo mejor...Y eso podría cambiar el mundo.

Marco Antonio

jueves, 31 de enero de 2013

DIALOGANDO CONMIGO MISMO...

A veces nos aferramos a la vida sin entusiasmo convencidos de que las experiencias futuras serán como las imágenes en un caleidoscopio; se repetirán una y otra vez. Es curioso, pero esos pensamientos son producto del hastío y la pereza que causa el aburrimiento. Las visiones tétricas no tienen substancia y el agobio nunca se viste de luces.

Todos vamos a entrar en el paraíso pero para tocar a sus puertas tenemos que llegar hasta ellas y la verdad es que nadie nos va a llevar de la mano. Entonces, habrá que cerrar la puerta de lo ya vivido sin mirar atrás y agarrarse con determinación a la esperanza. Si algo siempre quedará enroscado en nuestra fibra, es la fuerza moral para sobrellevarlo todo y comenzar de nuevo.

Hace años crucé el océano con el corazón en la boca consciente de que era un viaje sin regreso y mi rumbo me llevó hasta el lugar donde las aves majestuosas se levantan de sus cenizas. Ahora, todas las mañanas cuando despierto me invade la euforia de saber que tengo otro día para enfrentarme a mi destino, a las temporadas de borrascas y a la fortuna de saberme protegido y bien amado.

En mi interior estoy de fiesta. No es cuestión de suerte, simplemente nos negamos a reconocer cuán tenaces somos cuando nos lo proponemos . Ningún día es exactamente igual a otro, ninguna puerta se cierra del todo y contrario a lo que murmuren los de ceño fruncido y espaldas encorvadas, llegaremos hasta las puertas del paraíso antes de que las luces se apaguen.

Marco Antonio

viernes, 26 de octubre de 2012

NUESTRO PRIMER AMOR



¿Cuándo tuvimos consciencia para entender que en algún recodo de nuestro instinto dormía la capacidad para amar? Intentar recordar ese momento es un esfuerzo casi inútil, pero sí en un momento de retrospección cuando nos encontramos solos más dentro que fuera de nosotros, entonces podremos remontarnos a la primavera de nuestras vidas navegando en las imágenes perdidas cuando todo lo que nos rodea, deja de ser.

Bien sabemos que es la efímera y tierna sensación de un instante ya vivido, probablemente cuando nuestra consciencia aún no había despertado del todo, pero sí fuimos capaces de percibir aquella tibia sensación de abrigo y la necesidad de sentirnos protegidos, entonces por instinto reclamamos ese agradable entorno emocional que nos rodeaba y creamos una dependencia. Quizás ese fue nuestro primer idilio, nuestro primer amor.

Ha pasado algún tiempo desde entonces y las subsecuentes etapas de nuestra existencia, como láminas de un libro, son testimonios palpables de cómo hemos evolucionado. Ahora sabemos lo que es amor y donde habita. Por regla general imaginamos que se alberga y se nutre en algún lugar dentro del corazón, pero la realidad es que desde aquel instante primaveral cuando nuestra seguridad estaba en juego, esa agridulce sensación que todos sabemos reconocer se esconde en la silenciosa oscuridad del cerebro desde donde nos ha acompañado en todo momento, siempre deslizándose con inquietante impredecibilidad dentro de nuestro ser, siempre dominando nuestros sentidos y en muchas ocasiones, distorsionando la lucidez de nuestras decisiones.

Pero no sabemos vivir sin amor, ni debemos. No es un gran descubrimiento reconocer que la dirección que seguimos, por más que lo intentemos, nunca se materializa según el plan original porque el instinto es parte de nuestra indumentaria, estamos revestidos con la capacidad de amarlo todo y esa misma capacidad lo transforma todo, hasta nuestro destino cuya fragilidad es angustiosa.

Nuestra evolución es una metamorfosis constante, el tiempo nos convierte de protegidos a protectores y el amor se manifiesta con un sentido exquisito de propiedad hacia nuestros padres y nuestros familiares. Cuando amamos a nuestros hijos lo hacemos de una forma sorprendente, ya que hasta los más arraigados preceptos de nuestra matriz se diluyen en esa inmensa fuerza. Podemos prescindir casi de todo ahora que la consciencia ha desarrollado la capacidad de dirigir el complejo entramado de nuestras emociones pero nunca sobreviviremos sin un objetivo que produzca esa reacción que adjudicamos al corazón y cuyo verdadero origen, al parecer, es en el subconsciente donde se ha alojado desde aquel involuntario principio.

Allí habita la esperanza abrazada al amor.


Marco Antonio