LO QUE SIEMPRE HEMOS QUERIDO DECIR, PERO HASTA AHORA NUNCA NOS ATREVIMOS

sábado, 7 de mayo de 2011

MUNDO FELIZ




La tierra se estremeció y la vida dejó de sonreír, se vistió de luto y en un soplo de tiempo repartió la desgracia a todos por igual. El antes y un después en la mañana del día cuando los sueño dejaron de existir. Miles de almas se apagaron para siempre victimas del seísmo y de su apocalíptico acompañante; el tsunami que arrasó la provincia de Fukushima y transformó la geografía y la rutina de forjarse el futuro en toda una región del Japón.

Horas más tarde el resto del mundo lo presenció a todo color sintiendo la impotencia y la tristeza que embarga al espectador en su refugio de distancias. Se dice que estamos unidos por un ombligo universal, pero secretamente reconocemos nuestra incapacidad personal para compartir el dolor, la angustia y la desesperación colectiva que se produce cuando desaparecen los puntales de una sociedad, de una familia, de un modo de vida y sí, hasta cierto punto nos sentimos culpables porque no se nos desgarra el alma a pesar de las pérdidas personales que nunca llegan a ser nuestras.

Si fuéramos perfectos y si en realidad estuviésemos unidos más íntimamente y dependiéramos el uno de todos los otros para sobrevivir, éste sería un mundo feliz.


Marco Antonio Peña

jueves, 5 de mayo de 2011

TU SILENCIOXXX



TU SILENCIO

Cuando callas.

Transformas el tiempo en silencios sin lágrimas
y alojas la tristeza como una piedra dura
que esconde las palabras en la marisma gris,
en la escarpa del barro o en el fondo del mar.
Sin puente no hay camino que me lleve a tu gracia
y me faltan las alas para emprender el vuelo
en busca de arcoíris y un mundo mejor.

Cuando callas.

Tu ausencia es la causa de un vacío de dudas,
no las frases dulces que me hacen creer
que es tu verbo ardiente quien desarma al suicida
y alienta su espíritu para después callar.
Donde lleves mi alma no habrá salón de juicios,
Ni silencios de muertos, solo el paso al umbral.


Marco Antonio

lunes, 18 de abril de 2011

REBELDÍA Y CONTRADICCIÓN
I


Cuando me hablas, pienso que es mi cabeza y no tú la que imagina respuestas que no quiero oír. Siempre ocurre cuando tomo una decisión enteramente subjetiva, algo que me agrada y a mi parecer tiene mucho sentido. Claro que sé de donde viene todo eso: Es producto del egocentrismo que se cuece y fermenta dentro de todos nosotros. No nos preocupamos demasiado por las consecuencias o el efecto y alcance de estas decisiones. Entonces es cuando tú, desde mi subconsciente, comienzas a cuestionar y a debatir hasta que finalmente terminas despotricando sin darme cuartel ni muchas alternativas. Sospecho que esta noción del libre albedrío tiene que ser un argumento debatible, mucho más cuando el sentido común es el que actúa por ti, como un heliotropo que persigue al sol. No hay escapatoria, todo ya está debidamente ordenado y sólo se cumple lo que hay que vivir para llegar de una estación en el tiempo a otra en el trayecto por la vida. No me hago ilusiones ni me sorprendo cuando examino la piel de mis años y veo mis buenas y malas acciones ordenadas en una secuencia calculada como si la vida fuera un algoritmo genético de origen y raíces matemáticas. Cuando me hablas, no lo haces desde el silencio porque tal cosa no existe para ti, los debates y las recriminaciones se forjan en la soledad de nuestras almas y en el miedo que nos embarga cuando nos enfrentamos a la incertidumbre de vivir. Todo esto es desconcertante y aunque siempre nos quede la esperanza de que algún día podríamos cambiarlo todo, la verdad es que de nuestro lado sólo nos queda la rebeldía para contradecir lo inevitable.

Marco Antonio

viernes, 15 de abril de 2011

LOS HOMBRES TAMBIÉN LLORAN


He visto a un hombre llorar de sentimientos. Un hombre enamorado de las palabras, de la vida, de su familia y de los menos afortunados de este mundo. Lo vi llorar sin importarle que docenas de ojos le observaran de reojo incapaces de encontrar la valentía para abandonarse a la emoción del momento. Fue uno de esos breves instantes que te ofrece la vida para acercarte a los principios fundamentales de nuestra fibra y de nuestra humanidad. En un recóndito lugar donde al parecer el tiempo ha rehusado continuar su marcha, existe una pequeña capilla conocida como La Ermida de A Gorgosa construida con piedras de otros tiempos. En la claridad de aquella mañana las sombras bailaban sobre la tosca superficie de sus paredes creando contrastes en un juego imaginario que daba la impresión de movimiento y vida; como si las piedras quisieran hablar desde el silencio y contar el capítulo olvidado de aquella región de España. Éramos un grupo nutrido los que entramos en el santuario rodeado de los prados más verdes del norte de la península, a tres palmos de un pueblo llamado Portosín en las Rías Baixas de Galicia. Allí descansa una réplica de La Virgen del Carmen. Llegó a ése lugar por un camino de amor después de permanecer en el seno de una familia católica cuya devoción se ha mantenido inquebrantable por generaciones. Fue por casualidad y a petición de uno de sus miembros, que mi esposa en ésa primera visita, leyera lo expuesto en la reveladora carta enmarcada en un sencillo cuadro que colgaba junto a la Virgen. El texto expresaba los sentimientos de toda una familia y había sido escrito muchos años antes por uno de los once hermanos. Un ser especial poseedor de ese talento inmensurable que se manifiesta en algunos seres humanos y en otros, no. La bóveda que daba forma a la cúpula del recinto, transformó la voz de mi esposa proyectándola con tal solemnidad que imaginé que aquél legado a la memoria del padre, era mucho más. Estábamos escuchando la declaración del amor de toda una familia a un entrañable ser humano. Uno sólo lloró con las lágrimas vivas. El resto nos refugiamos en el duro silencio de la angustia compartida, de la pérdida y de la impotencia de no poder desandar caminos. Entonces todos rezamos con los ojos cerrados y los párpados humedecidos por el rocío de la tristeza.

Marco Antonio

viernes, 8 de abril de 2011

UN DUENDE BURLÓN


Despiertas y te sientas al borde de la cama a contemplar el espacio. Por un instante te desentiendes de todo lo que te rodea y te encuentras, sin pensar en ello, galopando a todo tropel en un recorrido demencial por los retazos de tu vida. Lo sucedido ayer te golpea las sienes y las respuestas que se desprendieron de tu boca regresan para sentarse en el cadalso donde se debate la duda bañada en recriminaciones. Tratas de desprenderte de las visiones por las que ya nada puedes hacer y entonces te acorrala la enormidad del presente, de lo que hoy está por suceder, de las decisiones que vas a tomar, las obligaciones y la carga de rutinas que cuando bien lo piensas no sabes exactamente como se han trepado a tus espaldas, pero lo han hecho y ahora estás dónde estás. Logras sacudir la cabeza e intentas incorporarte pero decides ponderar un poco más sobre el por qué de las cosas y todo lo que tuvo que acontecer para que esta mañana te encontrase sentada al borde de la cama. No es la primera vez que lo haces, ni será la última, vuelves a repasarlo todo, las decisiones que en un momento dado tomaste y aquellas que rechazaste y sin saber por qué; ahora te pesan. Te vuelves a preguntar cómo has llegado hasta aquí, pero bien sabes que las respuestas están fuera de tu alcance. Todos tus huesos crujen cuando por fin te levantas y arrastras tus chancletas hasta el baño. Allí te enfrentas al verdadero fantasma que nunca te abandona y que siempre está dispuesto a confesarte desde el otro lado del espejo. Empuñas el cepillo de dientes, se frunce tu rostro y descubres las nuevas arrugas que ayer no tenían razón alguna para joderte la vida pero hoy sí. Alguien dijo que lo único seguro era la muerte y estás de acuerdo. Porque la vida es un duende burlón que te persigue hasta el día en que ya no tengas la necesidad de sentarte al borde de tu cama.

Marco Antonio

lunes, 21 de marzo de 2011

LLEVO MI ALMA AL MAR



Comprenderás si te digo que en este camino a veces sentimos la necesidad de llevar el alma al mar para volar como gaviota y así nunca dejaremos de soñar. Soportamos tus discordancias como lluvia pasajera en espera de un tiempo mejor.
En ocasiones descubro que sustento una sensibilidad desnuda que lastima. El viento y las palabras la hieren, porque no siempre podemos disfrazar nuestra fragilidad y continuar el viaje. Esta necesidad de permanecer contigo hay que alimentarla con fantasías. Decirnos y creernos dignos es parte de ello; pensar que valemos para algo, es otra. La insensibilidad no es creíble porque aún hay restos de ti por conquistar y quizás sea yo quien descubra tu ancestral secreto y a la hora de despedirme llevaré en el alma la impresión de que al final, todo quedó realizado. Sé que hay una larga trayectoria en este inmenso mar, pero no importa, yo esperaré el regreso de la gaviota y con ella, mis sueños.

Marco Antonio

sábado, 19 de marzo de 2011

CUANDO SE PASA DEL "HAY QUE..." AL "YO TE..."




Toda una vida cohabitando sin apenas enterarte que la costumbre es un yugo que nos somete a lo cotidiano como algo natural. Piensas que lo que haces es lo normal y punto; no te planteas que pudiese haber otra alternativa.
Ella comenzaba todas sus frases con: "Hay que… hacer esto, hacer lo otro. Hay que arreglar la cisterna del váter, hay que sacar el perro a cagar, hay que cambiarle los pañales a la niña… Hay que… Hay que…". No tardé mucho en comprender y asimilar que "Hay que…" era su manera de decirme que había llegado la hora de los deberes, porque en verdad allí no había nadie más excepto ella y yo. Ahora que lo pienso con más claridad su estrategia era, sin duda alguna, una contundente solución para delegar sin tener que señalar al acusado. El efecto neurálgico a mi autoestima era devastador. El sentido de culpabilidad me consumía sin saber a ciencia cierta el por qué. "Hay que…" se convirtió en una condena a cadena perpetua.

Toda historia de amor tiene un final y esta terminó como el Rosario de la Aurora. Para escapar del trauma que siempre causa el abuso verbal, crucé el Océano Atlántico y me escondí en la Península. España me acogió con brazos abiertos y allí me refugié desorientado como siempre sucede con las almas en pena. En una ciudad del norte reconocí que el amor otra vez tocaba a mi puerta y no lo cuestioné.
Traté de incorporarme y antes de posar mis pies en la alfombra, ella ya me había calzado las zapatillas.
—Yo te las pongo—me dijo mirándome a los ojos.
—Gracias— le respondí.
En el baño busqué mi cepillo de dientes, pero lo encontré al borde del lavabo con la pasta de diente cuidadosamente administrada sobre la superficie de las cerdas.
—Yo te preparé el cepillo de dientes— se adelantó en decir antes de que yo pudiera pronunciar una palabra.
Terminé de ducharme y ella me extendió la toalla perfumada y tibia y al entrar en la habitación encontré sobre la cama, en riguroso orden y armonía todo el atuendo necesario para ese día.
—Yo te seleccioné la ropa, querido— explicó ella con la felicidad retratada en su rostro.
Me dirigí hacia la cocina, pero antes de que llegara al refrigerador, ella ya había sacado el zumo de arándanos, el hielo y el limón.
—Yo te lo sirvo—y su sonrisa iluminó mi vida.
Fui por mis herramientas para arreglar las bisagras
de la alacena, pero me di cuenta que ya estaban cambiadas y que todas las puertas funcionaban a las mil maravillas.
—Yo te evité ese trabajo amor mío— me dijo casi en un susurro inclinando la cabeza.
Después de diez años sintiéndome inútil e incapaz de anticipar una sola tarea por insignificante que fuera, comencé a perder la confianza, la autoestima y las ganas de aplicar mis conocimientos en los quehaceres domésticos, ni siquiera conducía el coche y nunca le vi el culo al perro porque no confraternizábamos fuera de la casa.
Hay que pensárselo bien cuando uno se pasa del "Hay que…" al "Yo te…"


Marco Antonio